

Cualquier persona que conviva con un perro
probablemente ya lo intuye: basta llegar
a casa preocupado, triste o de buen humor y ver que el compañero “sabe” que
algo cambió. Ahora la etología sumó varias pistas para explicar esa
capacidad empática.
En concreto, un estudio científico logró observar directamente la actividad cerebral
de los perros ante estas situaciones y encontró que ellos pueden
diferenciar expresiones humanas de felicidad y, además, distinguir entre algunas caras que expresan miedo, tristeza o enojo.
El trabajo, publicado en la revista científica iScience recurrió a una herramienta poco habitual para investigar a nuestros compañeros de cuatro patas: usaron resonancias magnéticas funcionales (fMRI). Los perros participantes, todos animales de compañía acostumbrados a convivir con sus familias, fueron entrenados para permanecer despiertos, quietos y sin sujeciones dentro del resonador mientras los experimentadores les mostraban fotografías de rostros humanos.

En un primer experimento participaron ocho perros, a los que se mostraron caras de desconocidos con expresiones felices o neutras. Cuando aparecían las sonrisas, aumentaba la actividad en áreas cerebrales vinculadas con el procesamiento visual y social y con los mecanismos de recompensa. Entre ellas, aparecía en el núcleo caudado, un dato que, según los investigadores, sugiere que observar un rostro humano feliz podría tener un significado emocional positivo para el animal, ya que se relaciona con el sistema de recompensas bioquímicas y de neurotransmisores.
La pregunta más interesante la hicieron
después: ¿para un perro todas las caras
“malas” significan básicamente lo mismo? Para averiguarlo, realizaron un
segundo experimento con 12 animales y les mostraron rostros humanos que expresaban
felicidad, tristeza, miedo y enojo. Luego, utilizaron técnicas de machine learning
para buscar diferencias entre los patrones de actividad cerebral.
Los resultados mostraron que la actividad de determinadas regiones
permitía diferenciar claramente las caras felices de cualquiera de las tres
expresiones negativas. Y cuando los investigadores analizaron el cerebro
completo encontraron patrones que
permitían distinguir las caras de miedo de las tristes y también las de miedo
de las enojadas.
En cambio, no pudieron diferenciar con la misma claridad “enojo” de “tristeza”. Es, según Laura Cuaya, investigadora de la Universidad de Viena y autora principal del trabajo, la primera demostración de que el cerebro canino puede diferenciar emociones humanas que comparten una “valencia” negativa.

Eso no significa, advierten los científicos, que un perro experimente la tristeza o el miedo de la misma manera que una persona, ni que pueda “leer la mente” del dueño. Además, una fotografía es apenas una parte de la información que reciben cotidianamente: en la vida real observan nuestros movimientos y postura corporal, escuchan cambios en la voz y cuentan incluso con las señales que pueden obtener mediante su olfato.
La explicación de esta sensibilidad podría
esconderse en una historia compartida de miles de años. A diferencia de los primates, nuestras similitudes con los perros no
provienen de un ancestro evolutivo cercano. La hipótesis de los
investigadores es que la domesticación favoreció capacidades sociales que les
permitieron interpretar mejor las señales humanas, cooperar y convivir con
nosotros. “Evolucionaron con nosotros
para comprender nuestras expresiones y cooperar”, resumió Cuaya.
En concreto, este hallazgo suma evidencia científica a algo que millones de personas saben (o creen) reconocer todos los días: mientras nosotros miramos a nuestros perros, ellos también llevan miles de años aprendiendo a mirarnos.

