

Muchas
personas aún tienen la idea de que juntar perros y bebés no es una buena idea,
ya que podría poner en riesgo la salud del bebé; sin embargo, la ciencia parece demostrar que se trata de todo lo contrario. Y es
que diversos estudios han encontrado que los
bebés que viven con perros presentan menos infecciones respiratorias y menos
fiebre durante su primer año, y apunta a una posible explicación: bacterias
específicas de los canes que estarían asociadas con ese efecto, aunque la investigación no prueba una relación
causal.
Por ejemplo, una investigación realizada en Finlandia siguió a 368 niños desde el
embarazo hasta que cumplieron un año y reunió 15,686 semanas de registros de
salud. Los padres llenaron diarios semanales entre la semana nueve y la 52
después del nacimiento, con datos sobre
fiebre, otitis, uso de antibióticos, lactancia y contacto con perros.
Según el artículo, publicado en la revista Pediatric Allergy and Immunology, los autores analizaron el polvo del suelo de la sala cuando los bebés tenían dos meses. En cada vivienda aspiraron un metro cuadrado de alfombra o 4 metros cuadrados de piso liso durante 2 minutos. Después, estudiaron el ADN microbiano con secuenciación Illumina MiSeq y midieron la concentración bacteriana mediante reacción en cadena de la polimerasa cuantitativa. El objetivo fue identificar qué microorganismos presentes en casas con perros podían relacionarse con mejores indicadores de salud infantil.

El hallazgo central del estudio es que la protección observada no se explica por una mayor cantidad total de microbios ni por una diversidad general más alta en el polvo doméstico. Lo que se asocia con menos problemas respiratorios es la presencia de bacterias concretas vinculadas al animal. De los 14 grupos microbianos más frecuentes en hogares con perros, ocho explicaron de forma individual entre 10% y 23% del vínculo entre tener un perro en casa y registrar al menos un resultado favorable de salud en los bebés.
El caso más visible fue Pasteurella, una bacteria que suele habitar en la boca,
las orejas y el mentón de perros y gatos, pero que rara vez forma parte de la
flora microbiana humana. Su presencia en el polvo del hogar se asoció con
menos semanas de fiebre. Otra bacteria, Collinsella también mostró una
asociación sostenida con todos los resultados medidos: más semanas saludables, menos uso de antibióticos, menos otitis y menos
fiebre y se trató de la bacteria más estable entre las analizadas.
Tres géneros bacterianos relacionados entre sí, Collinsella, Ruminococcus candidate group y Sutterella, explicaron juntos cerca del 25% de la reducción en el uso de antibióticos detectada en bebés expuestos a perros. Esa proporción equivale a cerca de una cuarta parte del descenso total documentado en ese grupo. El trabajo, encabezado por Jenni M. Mäki del Instituto Finlandés de Salud y Bienestar, encontró que la relación favorable se mantuvo aún después de ajustar por tamaño de la familia, tipo de entorno residencial y exposición al humo del tabaco.

La otitis fue el único indicador en el que los microbios del polvo mostraron una influencia limitada. En el resto de los resultados, las asociaciones fueron más claras, sobre todo en fiebre, semanas saludables y consumo de antibióticos. Los autores concluyen que los géneros bacterianos y fúngicos del polvo doméstico asociados a perros pueden explicar hasta una quinta parte de la menor prevalencia de infecciones respiratorias durante el primer año de vida. Aun así, aclaran que ese resultado necesita confirmarse en otras cohortes.
El propio equipo advierte que se trata de un estudio observacional. Eso significa que registra patrones y asociaciones, pero no permite afirmar que vivir con un perro cause por sí mismo una mejor salud respiratoria en los niños.
El diseño también tuvo límites reconocidos por los investigadores: solo se tomó una muestra de polvo por vivienda, no se recopilaron datos sobre virus y no se analizaron muestras de las vías respiratorias de los bebés. Además, factores del entorno familiar, como una vida más orientada al aire libre, hábitos compartidos en casa y dinámicas propias de familias con mascotas, también podrían influir en el patrón observado.

