

Cuando armamos una casa, pensamos en el sillón, la paleta de colores o dónde va la tele. Pero si
hay un perro o un gato viviendo ahí, esas mismas decisiones también los
afectan a ellos, para bien o para mal.
La relación va en las dos direcciones: así como el hogar puede hacerles bien o mal
a las mascotas, tenerlas en casa también cambia, un poco, el aire que
respiramos todos. “El entorno doméstico tiene una importancia fundamental
en el bienestar animal”, explica Xiana Costas, veterinaria española
especializada en etología de perros y gatos. Según ella, no alcanza con que la casa sea linda: tiene que permitir que el animal
haga lo que su especie necesita hacer, como esconderse, treparse o rascar.
Costas advierte que ignorar esas necesidades no es
un detalle menor: “Un entorno inadecuado
puede llegar a considerarse una forma de maltrato o requerir cambios
importantes, incluso la reubicación del animal por motivos de seguridad o
bienestar”, afirma la especialista. Entre sus recomendaciones más simples
de aplicar están separar los lugares de
comida, descanso y juego; evitar que la cama del animal quede en el medio del
living, donde hay demasiado movimiento; y darles a los gatos algún lugar
alto desde donde puedan vigilar la casa, algo que les da seguridad.

También
importan el ruido, la luz y el piso. Los sonidos fuertes de la calle
alteran el descanso de los perros más sensibles, la luz artificial de noche puede desordenar sus ritmos de sueño, y
los pisos resbaladizos son un problema serio para los animales mayores o con
dolores articulares.
Pero la
convivencia también funciona al revés. Un estudio de la Escuela Politécnica
Federal de Lausana, en Suiza, publicado en la revista Environmental Science & Technology, midió por primera vez
cuánto cambian los perros la calidad del aire dentro de una casa. Cada vez que un perro se sacude, se rasca o
recibe una caricia, libera al aire partículas de polvo, pelo y microorganismos.
Según el experimento, los perros grandes soltaban entre dos y cuatro veces más
microorganismos que las personas presentes en el mismo cuarto.
“Un perro
grande, como un mastín o un terranova, puede producir tanto CO₂ como un humano adulto en reposo”,
señaló Dusan Licina, ingeniero serbio, profesor de la Escuela Politécnica
Federal de Lausana y director del laboratorio que hizo el estudio. El trabajo no encontró que esto sea dañino
para la salud: de hecho, cierta variedad de microbios en el ambiente puede
ayudar a entrenar el sistema inmune, especialmente en los chicos.
Ninguno de los dos hallazgos significa que haya que sacar al perro de adentro de la casa ni cambiar los muebles al día siguiente. Lo que sí conviene es pensar la casa con la mascota adentro: reservarle un rincón tranquilo lejos del ruido, ventilar seguido los ambientes donde duerme o pasa más tiempo, y elegir pisos antideslizantes si ya es grande o tiene problemas de movilidad. Son cambios simples, que no requieren obra ni gran presupuesto, y que mejoran la vida del animal y, de paso, la calidad del aire que se respira en la casa.
