

Antes de que una persona diga que está
nerviosa, su organismo ya empezó a cambiar.
Aumentan la frecuencia cardíaca y la presión arterial y se modifica la mezcla
de compuestos volátiles que salen del cuerpo a través del aliento y el sudor.
Para los humanos esas diferencias son prácticamente imperceptibles. Para el extraordinario sistema olfativo de
un perro, pueden convertirse en información.
Reunieron
muestras de aliento y sudor de 36 personas antes y después de someterlas a una
complicada prueba de aritmética mental. Solo utilizaron aquellas muestras en las que los participantes habían
declarado sentirse más estresados y, además, habían registrado aumentos objetivos de frecuencia cardíaca y presión
arterial.
Después
entrenaron a cuatro perros
-Treo, Fingal, Soot y Winnie- para buscar entre distintas muestras. Durante la
fase decisiva, los animales recibían
simultáneamente el olor de una persona relajada, el de esa misma persona
después de la prueba estresante y una muestra en blanco.
El resultado fue contundente: en 720 ensayos, los perros identificaron correctamente la muestra correspondiente al estrés en el 93,75% de los casos. El rendimiento individual osciló entre el 90% y el 96,88%, muy por encima del resultado que cabría esperar por azar.

El descubrimiento no significa solamente que los perros sean capaces de detectar químicamente el estrés. Otra investigación, dirigida por científicos de Bristol Veterinary School fue un paso más allá en 2024 y estudió qué les ocurre a los propios animales cuando perciben ese olor.
El
equipo expuso a 18 perros al olor de sudor y aliento obtenido de desconocidos
durante situaciones relajantes o estresantes. Cuando olían a una persona estresada, los animales se mostraban más
cautelosos ante situaciones ambiguas y tomaban decisiones que los
investigadores describieron como más “pesimistas”. El efecto apareció incluso aunque nunca hubieran visto a la persona de
la que procedía la muestra.
Esto refuerza la idea de que la comunicación
entre humanos y perros contiene un componente químico que durante mucho tiempo
quedó eclipsado por señales más visibles, como
la voz o los gestos. Hay, sin embargo, un matiz importante. El experimento
de Belfast utilizó perros entrenados específicamente para discriminar muestras,
por lo que no demuestra que cualquier perro doméstico pueda diagnosticar
automáticamente el estado psicológico de una persona.
Lo que sí demuestra es extraordinario por sí solo: el estrés deja una huella química detectable en nuestro aliento y nuestro sudor. Y un perro puede reconocer esa señal sin ver nuestro rostro, escuchar nuestra voz ni observar cómo nos comportamos.

