

“Hoy no me hace ni caso”. Muchos dueños de perros han pensado alguna vez algo parecido. Hay
días en los que responden enseguida a nuestras órdenes, mientras que en otras ocasiones parecen distraídos, menos atentos o
menos dispuestos a colaborar.
La explicación no
siempre está en el perro. Un estudio reciente del Instituto Max Planck
(Alemania) sugiere que nuestro estado de ánimo puede influir en cómo se
comporta. Cuando estamos contentos,
nuestras mascotas parecen aprender mejor y responder con más facilidad.
Cuando estamos tristes, ocurre justo lo contrario. Pero la historia es todavía más interesante de lo que parece.
Los perros llevan
miles de años compartiendo su vida con los seres humanos. Durante ese largo
proceso de convivencia, han desarrollado una capacidad extraordinaria para
interpretar nuestras señales: saben
hacia dónde miramos, detectan cambios en el tono de voz, perciben nuestras
posturas corporales e, incluso, pueden anticipar algunas de nuestras
intenciones antes de que pronunciemos una palabra.
De hecho, son
probablemente los animales que mejor entienden nuestras señales sociales.
En algunos experimentos, llegan a
superar a chimpancés y otros primates cuando deben interpretar determinados
gestos humanos. Gran parte de esta comunicación ocurre sin que seamos
conscientes de ello. Por eso, los
científicos llevan años preguntándose hasta qué punto los canes son capaces de
percibir nuestras emociones.

Hasta ahora, muchos
estudios utilizaban fotografías o personas fingiendo emociones. Los
investigadores mostraban caras alegres, enfadadas o tristes y analizaban la
respuesta de los animales. El problema
es que las emociones fingidas no siempre se parecen a las reales.
Los investigadores
del Instituto Max Planck hicieron una prueba diferente, en la que participaron
77 perros y sus propietarios. Primero enseñaron a los animales una tarea
sencilla: rodear un cono y volver junto a su dueño. Después, los propietarios vieron vídeos diseñados
para provocar felicidad, tristeza o un estado emocional neutro. Nada más
terminar, continuaron trabajando con sus mascotas.
Los resultados fueron claros. Cuando los dueños estaban contentos, los perros realizaban mejor la
tarea. Cuando estaban tristes, los
animales miraban menos a sus dueños y obedecían peor algunas órdenes.
En otras palabras, los perros parecían detectar que algo había cambiado en las personas con las que estaban trabajando. Este hallazgo resulta especialmente interesante porque las emociones no estaban siendo representadas por actores ni simuladas artificialmente: los voluntarios del estudio estaban experimentándolas de verdad. Eso hace que los resultados se parezcan mucho más a lo que ocurre en la vida cotidiana.

